“I’m not a number! I’m a free man”. La frase de Patrick McGoohan que se colaba con la extrañeza de un theremin en la secuencia que abría la mayoría de episodios de “The Prisoner” (ITV, Reino Unido, 1967) acabó convirtiéndose en un grito de futuro que más allá de vertebrar una de las series de televisión más impresionantes de todos los tiempos, desbrozaba el camino a una generación de realizadores audiovisuales y de espectadores que, sin saberlo, entablarían una de las relaciones más provechosas (artística y económicamente hablando) del cambio de milenio. Una reacción en cadena que galvanizó todo un modelo productivo, del que la HBO o Netflix serían dos ejemplos claros, y sustentó un férreo armazón de seguidores que comentaban cada capítulo con afán notarial y militancia combativa.

Nosotros, a este lado de la pantalla, mirábamos con un amago de asombro cada capítulo de nuestras series favoritas y asistíamos con curiosidad felina a una reformulación narrativa brutal. Y ellos, los que se trabajaban biblias y guiones técnicos con un lustre y una audacia inéditas, vieron como su creatividad se expandía sin chocar ni en clichés ni en las miradas tristes de los directivos de las cadenas de televisión.  Y así, los espectadores dejamos de ser un número, una milésima de share y nos convertimos en sujetos activos, libres, en cómplices necesarios de toda una amalgama de tramas y personajes que obligaban a (re)pensar y rebobinar ideas. Lo llamaron la edad de oro de las series. Después se proclamó una segunda y una tercera edad de oro. Todavía guardamos en la carpeta “What The Fuck?” de nuestra oficina un artículo publicado en un “diario de tirada nacional” que espetaba sin solución de continuidad veinticuatro horas después de emitirse el último capítulo de “Lost”: “con “Lost” acaba la edad dorada de las series”. Grandes oráculos para profecías de patas cortas. Porque mientras

Y es que después de “Lost” se hilvanaron auténticas obras maestras.